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La Bestia de Gevaudan

La bestia de Gevaudan, ¿hombre o lobo?

Una leyenda francesa cuenta que una “bestia” desconocida mantuvo aterrorizados a los habitantes de la comarca de Gevaudan al devorar cerca de un centenar de personas entre 1764 y 1767. Si bien se han barajado las más diversas hipótesis especulando acerca de un enorme lobo e incluso de un hombre lobo, nunca se ha podido determinar la identidad de este monstruo.

Existen algunos documentos oficiales que describen los crímenes llevados a cabo por ésta. El primer estudio serio ha sido realizado por el abad François Fabre en 1901, quien demostró documentalmente que habían sido exactamente 70 las víctimas (la gran mayoría niñas y mujeres jóvenes), además de otros 76 ataques y enfrentamientos con 27 heridos.

En las autopsias que se realizaron por aquel entonces a los cadáveres, se revelaron claros indicios de agresión sexual en algunos de los cuerpos de las mujeres y niñas mutiladas por el enigmático asesino, lo cual dio lugar a rumores tales que la Bestia no era un animal sino uno o varios maníacos que habitarían en los bosques, o incluso algún señor feudal que aprovechándose de su poder, había agredido y violado a las jóvenes campesinas en los desolados prados de Auvernia.

El primer ataque tuvo lugar el 30 de junio de 1764, donde la Bestia devoró a una niña de 14 años. En los días siguientes decapitó y mutiló a otras dos niñas de 13 y 12 años, así como a un joven de 15 y a una mujer de 32, todos ellos en la misma provincia pero de diferentes localidades de Gevaudan.

Así continuó una larga lista de víctimas, con una media de dos por semana.

El problema era tan grave que los aristócratas locales realmente inquietos por esa situación solicitaron la intervención del cuerpo de caballería de la Corona para dar caza al o a los asesinos.

Tras varios meses de búsqueda y como éstos no daban con el animal, los lugareños recurrieron al propio rey Luis XV, quien ofreció una recompensa elevada al que pudiese darle caza. Esta noticia trascendió las fronteras del país, provocando la llegada masiva de cazadores de toda Francia así como de diversos lugares europeos.
Como todos codiciaban la generosa recompensa ofrecida por el monarca, la competencia individual fue tal que incluso los numerosos rastreadores dejaban pistas falsas para engañarse unos a otros.

Este panorama fue aprovechado por los países enfrentados a Francia para ridiculizar al monarca francés, como Prusia e Inglaterra, quienes con sorna repitieron hasta la saciedad que “cómo un país puede amenazar militarmente a grandes potencias, cuando su ejército no es capaz de cazar una simple fiera en su propio país”.

Las burlas indignaron al rey, quién para acabar definitivamente con la Bestia envió a varios de sus hombres de confianza, aunque sin éxito. Mientras, el “monstruo” seguía devorando más víctimas.

En varias ocasiones los cazarecompensas dieron caza a enormes lobos, haciendo que se disparase la euforia colectiva al creer que lo habían atrapado y dando por cerrado el caso, pero la cruda realidad era que los ataques a mujeres y niños no cesaban.

El gasto de estas batidas y cacerías recayó sobre los campesinos, quienes debían mantener a las tropas del rey pagando impuestos más elevados, y muchos, por su miedo al monstruo se negaban a salir a trabajar al campo, razones que agravaban su habitual pobreza.
En una ocasión, Marie Jean Vallet, una criada del cura de Paulhac, hirió a muerte a la bestia con una bayoneta cuando ésta se disponía a atacarla, a quién de nuevo se la dio por muerta por sus graves lesiones hasta que meses más tarde, ya recuperada, volvió a atacar a otros pueblerinos.

Los lugareños comenzaron a creer que ese animal era un ser sobrenatural y la encarnación de la Bestia del Apocalipsis. También llegaron a culpar a los cíngaros y a los nómadas que cruzaban el territorio francés de haber dejado escapar una fiera de sus circos, o de haber hechizado un animal para que causase esos daños.

De todos los rumores, el que más fuerza cobró fue el que acusaba a Antoine Chastel, un joven de carácter asocial que vivía aislado en los bosques desde los 19 años criando perros asilvestrados y otras alimañas.

Finalmente fue el propio padre de este muchacho, el veterano cazador y gran perseguidor de la Bestia, Jean Chastel, quien dio caza al temido animal, matándolo el 19 de junio de 1767 con el disparo de una sola bala fundida a partir de dos medallas de la Virgen María.
Ni que decir tiene que este hombre se convirtió en un héroe de la región de Auvernia.

El rey pidió que el cadáver del animal fuese trasladado a la Corte, pero desgraciadamente durante el traslado y por el calor, la travesía se hizo tan difícil que el cuerpo llegó a Versalles completamente descompuesto. El rey no pudo más que donar su esqueleto al Museo de Ciencias Naturales de París, donde se conservó hasta la revolución de 1830, fecha en la que los altercados contra Carlos X provocaron un incendio en dicho museo, calcinándose tanto esos huesos como la mayoría de los grabados sobre el “monstruo”.

Según consta en el acta notarial y en los archivos departamentales de Puy-de-Dôme, en la necropsia realizada al cadáver de la Bestia se pudo constatar la presencia de las numerosas cicatrices de las heridas proferidas por los campesinos que a ella se enfrentaron.
Al ser abiertas las cavidades abdominal y craneana fueron extraídos del estómago las vísceras de un animal, unos huesos de cordero y la cabeza y el fémur de un niño. En el interior de su cabeza sólo había un minúsculo cerebro en proceso de descomposición, mientras que el resto del cráneo era una masa ósea espesa, donde se sujetaban las membranas de una muy potente mandíbula.

Además, se certificó la causa exacta de su muerte: “La bala disparada por el fusil del llamado Jean Chastel, la cual traspasó la nuca del animal y arrasó las cuatro primeras vértebras…”

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