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TRISTAN E ISEO

El rey Marcos dominaba Cornuellas y habitaba en una fortaleza en Tintagel, inexpugnable baluarte situado situado sobre un alto promontorio rocoso que se asomaba al mar de Irlanda. Cronualles en guerra con Irlanda y el aliado de Marcos, Rivalín de Lothian, navegó desde Escocia para unirse a la contienda. En señal de gratitud Marcos la entregó a su hermana como esposa cuando Rivalín regresó a Lothian. Pero ella murió al dar a luz a un niño, a quien llamaron Tristán por haber nacido en aquellas tristes circunstancias.

La educación de Tristán quedó a cargo de Gorvenal, un hombre sabio y de confianza de la corte de Rivalín; el niño aprendió el arte de la diplomacia, a cazar y a nadar. Un día, mientras Tristán estaba sentado en el acantilado, tañendo su arpa a las aves marinas Gorvenal se dio cuenta de que había llegado el momento: “Tristán”, dijo, “te he enseñado todo lo que sé, y ahora debes conocer lo que hay más allá de los límites de Lothian”.

“¿Pero adónde debo ir?”, preguntó Tristán.

“Donde te lleven los vientos y te guíe tu corazón”.

Y Tristán, con su tutor Gorvenal como compañero, navegó hacia Cornualles, la patria de su madre.

Tristán ordenó a sus hombres: “Ninguno deberá decir a estos nobles quién soy yo. Si me reciben deberán hacerlo por mi comportamiento y no por mi título real.

El rey Marcos les recibió en su fortaleza y aquella noche les invitó al banquete. Después de haber hecho correr el vino, se dirigió a sus invitados: “extranjeros”, dijo, “contadnos quiénes sois y de dónde venís”.

“Venimos del Norte”, respondió Tristán, “y nuestros padres son comerciantes; pero ninguno de nosotros tiene inclinación hacia ese trabajo, por ello nos ofrecemos como guerreros a vuestro servicio”. Entonces Tristán tocó un poco de música y todos los presentes quedaron en silencio al escuchar los tañidos lastimeros de su arpa.

“Os aceptamos gustosamente”, dijo el rey Marcos.

Tristán y los hombres de Lothian permanecieron en Tintagel durante un año. La guerra con Irlanda había acabado con un trato por el que Marcos se comprometía a pagar tributo al rey de Irlanda todos los años. Con la llegada de los guerreros de Lothian, Marcos decidió negarse a pagar aquél tributo, que consistía en convertir en esclavos a los jóvenes y las doncellas de Cornualles; y así Tristán encontró la oportunidad que estaba buscando para probar su valor al rey.

En Irlanda había surgido un nuevo campeón; su nombre era Morholt, hermano de la reina irlandesa y gran guerrero. Tristán fue el primero en divisar el barco de Morholt, que navegaba hacia Tintagel, y supo inmediatamente la intención de ese viaje. Morholt varó su nave y envió un mensaje al rey exigiendo el pago del tributo. “No lo tendrá sin pelear”, dijo Tristán. No había más voluntarios para enfrentarse a Morholt en combate cuerpo a cuerpo, y Marcos accedió a la petición de Tristán para hacerlo, con la promesa de que si lograba vencerle le convertiría en noble.

Morholt aceptó el desafío, pero sólo a condición de que su oponente fuera de cuna real como él. Tristán no podía seguir ocultando su verdadera identidad en la corte de Tintagel: “Soy el hijo del rey Rivalín de Lothian”, dijo, “y sobrino del rey Marcos de Cornualles”. El rey Marcos se alegró y entristeció a la vez al descubrir que aquel hermoso joven era el hijo de su hermana y estaba dispuesto a arriesgar su vida por Cornualles. Pero nadie consiguió disuadir a Tristán de su propósito y se acordó que el combate tuviera lugar en una pequeña isla cercana a Tintagel.

El día establecido, al alba, Tristán se dirigió remando a la isla, y, viendo la nave de Morholt varada en la playa, abandonó la suya y nadó hasta la isla, y, viendo la nave de Morholt varada en la playa, abandonó la suya y nadó hasta la isla. “Sólo uno de nosotros saldrá vivo de esta isla”, dijo Tristán, sacando su espada y asestando el primer golpe. Las aves marinas fueron los únicos testigos de esa larga y sangrienta batalla en la que Tristán asestó el golpe final; su arma atravesó el yelmo de Morholt partiéndole el cráneo. Tristán fue de regreso a Tintagel, donde hubo gran regocijo aquella noche. Pero, extrañamente, Tristán estaba preocupado: su espada se había astillado y le faltaba un fragmento.
Hubo un gran duelo en Irlanda por la muerte del héroe. La hija del rey, cuyo nombre era Iseo, había aprendido de su madre las propiedades mágicas de las plantas. Mientras intentaba revivir a Morholt con su ciencia, extrajo un trozo de metal afilado que estaba incrustado en su cabeza. Lo envolvió en un paño de seda, sabiendo que un día encontraría la espada a la que pertenecía; ese día vengaría a su tío.
Tristán había recibido una pequeña herida del arma de Morholt, pero al principio no se había dado cuenta de que ésta había sido sumergida en una de las pociones venenosas de Iseo de Irlanda. Pronto la herida comenzó a pudrirse y nadie quería acercarse al aposento de Tristán por el hedor que despedía. Tristán sabía que el antídoto se hallaba en algún ligar del otro lado del océano y se hizo llevar hasta el mar, donde estuvo a la deriva durante mucho tiempo.
Manannan, el dios del mar, cuidó de él y empujó su barca hasta Irlanda. Cuando Tristán divisó tierra cogió su arpa y comenzó a cantar. La música hechizó a los habitantes de Dublín, empujaron la barca hasta la orilla y condujeron al trovador herido, que dijo llamarse Trantis. Allí fue atendido por las doncellas de la princesa.
Y llegó el momento en que Tristán debía volver a Cornualles. Un día a principios de verano, Marcos estaba sentado junto a la ventana mirando el mar. Las golondrinas volaban junto a los acantilados y una de ellas dejó caer un hilo de oro sobre su regazo. Marcos lo cogió entre sus dedos y se dio cuenta de que era un cabello de mujer. En el banquete de aquella noche el rey levantó el largo cabello rubio y dijo: “Me casaré sólo con la dueña de este cabello. Habrá una gran recompensa para quien la encuentre y la traiga a Cornualles”. “Yo maté a Morholt por ti”, dijo Tristán, “Yo te encontraré una esposa”.
Tristán izó velas con sus compañeros y Manannan levantó una gran tormenta que les hizo naufragar en la costa cercana a Dublín. Los alrededores de Dublín estaban siendo devastados por un monstruo que escupía fuego y el rey de Irlanda había ofrecido la mano de su hija Iseo al hombre que consiguiera matar al dragón. Instintivamente Tristán se dispuso encontrar al monstruo, siguiendo los caminos abrazados que conducían a su guarida, donde se sentó y esperó el regreso de la bestia.
El aire se volvió caliente, el animal se acercó volando a su cueva y Tristán consiguió divisarlo a la luz de la luna. Era un dragón blanco de enormes alas y cola larga y puntiaguda; su espina dorsal estaba coronada por una fila de espolones venenosos y sus dientes brillaban como puñales. Tristán se enfrentó al monstruo, que surgió y escupió nubes de humo blanco, envolviéndole en la niebla. Tristán no podía ver nada, y, de repente, las nubes se rasgaron y aparecieron las fauces abiertas del dragón, pero Tristán fue más rápido y le hundió la espada en la garganta, saltó ágilmente sobre su cuello y cercenó la venenosa lengua bífida, que guardó entre sus vestiduras. Después se puso en marcha hacia Dublín. Pero el calor del cuerpo hizo que saliera el veneno y Tristán cayó inconsciente en el sendero que conducía a la guarida del dragón.
El ayudante del rey, que deseaba en secreto a Iseo, había contemplado la batalla desde un árbol, y cortó de un hachazo la cabeza del dragón, llevándola después ante el rey para reclamar el premio. Iseo se horrorizó ante el pensamiento de desposar a aquél hombre, considerado por todos mentiroso y cobarde. Así que se dirigió con su madre y con Brangaine, su doncella, hacia la cueva del dragón; allí encontraron a Tristán, inconsciente y con la lengua del dragón en la mano, y le llevaron a la corte. Entonces, Brangaine reconoció en el a Trantis, el trovador al que había atendido tiempo atrás, y Tristán siguió ocultando su verdadera identidad.
Pasaron varias semanas antes de que Tristán se recuperase con la ayuda de las hierbas de Iseo. Esta se sentía cada vez más atraída por el desconocido, que incluso estando enfermo tocaba el arpa tan dulcemente. Llegó el día en que Tristán abandonó su lecho y, mientras se bañaba, Iseo limpió su armadura. La mella de la espada le llamó la atención y corrió a su aposento para buscar la esquela envuelta en ceda que había extraído del cráneo de su tío; la pieza encajaba perfectamente en la mueca de la espada del trovador.
En aquel momento el sentimiento de amor que albergaba el corazón de Iseo se tornó odio. “Por fin los dioses te han traído hasta mí”, le dijo Iseo. “Tú eres el hombre que asesinó a mi tío Morholt. Aquel desgraciado día en el que supe que mis hiervas no tenían ningún poder sobre la muerte juré que me vengaría”.
“Maté a Morholt en combate cuerpo a cuerpo, y por fidelidad a mi rey. No hubo traición en la muerte de tu tío, pero la traición triunfará si me matas, porque entonces tendrás que casarte con el hombre que dice haber acabado con el dragón. Yo soy el único que puede demostrar su mentira”. E Iseo salió del aposento como un vendaval, y ninguno de los dos consiguió dormir aquella noche.
Al día siguiente, la corte se reunió para oír al ayudante del rey, que reclamaba a Iseo. “Tú eres ese pérfido monstruo”, gritó Iseo. “Y aquí está el hombre que de verdad mató al dragón”. Tristán entró en la sala. “Pruébalo”, exclamó el ayudante del rey. “Este cobarde tiene la cabeza”, dijo Tristán, “pero la mortífera lengua está en mi poder”, y explicó su verdadera identidad y sus motivos de tal viaje. Luego levantó la lengua del dragón en una mano y el cabello dorado en la otra. Todas las miradas se desplazaron del cobarde a la princesa Iseo.
“Vuestro rey tendrá a Iseo como reina”, dijo el monarca irlandés, “y que éste matrimonio selle la paz entre nuestros países”. El día antes de que partieran hacia Cornualles, la madre de Iseo dio a Brangaine un poderoso filtro de amor, diciéndole: “Pondrás la mitad en la copa del rey y la otra mitad en la de mi hija en su noche nupcial. Esto hará que se amen”.
El sol caía sobre la nave, y Tristán e Iseo seguían sin hablarse. Iseo llamó a Brangaine para que les llevara una bebida fresca de hiervas. Bebieron, como es la costumbre, del mismo recipiente, y mientras bebían el viento comenzó a soplar, las velas se hincharon y se alzaron las olas, cubriéndose de espuma. Cuando el recipiente pasó de uno a otro sus manos se rozaron, levemente al principio, y después con la pasión que la droga inspiraba, pues Brangaine les había dado inadvertidamente el filtro de amor.
La nave llegó a Tintagel y el rey Marcos se sintió complacido con Iseo. Pero no fue Iseo quien durmió con él en la noche de bodas. Tristán se dio cuenta de que el rey descubriría que no era el primero en hacer el amor con Iseo y persuadió a Brangaine para que se deslizara en el lecho nupcial cuando todo quedara a oscuras. Así comenzaron los muchos engaños que conducirían al descubrimiento del secreto amor de Tristán e Iseo, porque los amantes no podían estar alejados uno del otro por mucho tiempo y por mucho que lo intentaran. Tanto Tristán como Iseo sentían mucho remordimiento ya que ambos sentían gran afecto por Marcos, pero la magia del filtro duraba tres años y era demasiado fuerte para resistirse a ella.
Había un hombre en especial, Andret, que deseaba secretamente a Iseo y esperaba que los amantes fueran descubiertos. Los rumores crecían y Marcos expulsó a Tristán de la corte. Pero ni siquiera así consiguieron separar a los amantes. Andret pidió a un druida que adivinara por las estrellas si los amantes se seguían viendo. El druida lo vio todo en el cielo nocturno.
Tristán fue sorprendido por el rey Marcos y sus guerreros, que habían llegado hasta su escondite guiados por Andret. Los amantes fueron atados y se les hizo saber inmediatamente cuál sería su castigo: Tristán e Iseo debían morir quemados en la hoguera. En el camino hacia el lugar donde se alzaba la pira, a Tristán se le permitió hacer una ofrenda para aplacar a los dioses sobre una roca sagrada desde la que se dominaba el mar. “Sálvate!”, gritó Iseo. “Si tú vives, yo también viviré en la muerte”. Y Tristán se lanzó al mar; el acantilado era tan alto que todos los que le vieron saltar creyeron que había muerto. Lo único que se oyó fue el grito de las gaviotas.
Un grupo de hombres infectos que habitan en los bosques cerca de Tintagel se aproximaron al lugar donde sería quemada Iseo. “Puesto que la reina Iseo debe morir de todas maneras”, dijo uno de ellos, que tenía la cara llena de pústulas, “por qué no nos la dais para nuestro placer? Morirá pronto, y su muerte amansaría a los malignos demonios que traen la enfermedad a tus tierras”. E Iseo fue desatada y concebida a aquellos hombres.
Tristán había sobrevivido y esperó emboscando a los captores de Iseo cuando la arrastraron hacia la espesura. No tuvo dificultad para salvarla y los dos vivieron en los bosques durante muchos meses. Los efectos del filtro de amor, que había sido preparado para durar tres años, empezaban a desaparecer. Tristán e Iseo habían compartido un hermoso sueño y se estaban despertando en un mundo de cruel realidad. El amor que sentían era verdadero y profundo, pero también lo era el sentimiento de culpa por haber ofendido al rey Marcos. Tristán desidió que debía dejar Cornualles e irse a la Bretaña, e Iseo volvió a Tintagel y juró fidelidad a su esposo. Contempló desde su torre la barca que se alejaba hacia el sur y supo que jamás volveria a ver a Tristán.
Tristán llegó a la Bretaña con su compañero Gorvenal y ambos se ofrecieron como guerreros al rey de aquellas tierras, que se llamaba Hoel.
Tristán, a quien daba lo mismo morir o seguir viviendo, demostró inmediatamente su valor enfrentándose con un pueblo enemigo. Aquella noche en el vanquete a la victoria, el rey Hoel se puso en pie y anunció: “Hoy he visto a un nuevo héroe que no se arredra en las batallas; como recompensa le consedo como esposa a mi hija: Iseo, la de las Blancas Manos”. Tristán miró a Iseo, la de las Blancas Manos, y se acordó de otra Iseo. Aquella noche durmieron juntos, pero Tristán no podía hacer el amor con el corazón lleno de hielo. Su escusa fue que le dolían las antiguascicatrices.
Iseo la de las Blancas Manos soportaba la falta de interés de su esposo, e incluso bromeaba sobre ella con sus damas de compañía. Un día había salido de caza con su hermano Kaherdin, y, al saltarun foso, el barro le salpicó los muslos. “Vaya”, dijo riendo, “hasta el barro siente más interés por mí que mi esposo”. Y aquella tarde Kaherdin habló con Tristán y descubrió el motivo de su frialdad. Tristán hizo jurar a Kaherdin que no diría nada si él prometía esforzarse por olvidar a su antiguo amor.
Al día siguiente se produjo un ataque sorpresa al castillo de Hoel y Tristán recibió graves heridas. Iseo la de las Blancas Manos no tenía las potentes pócimas curativas de Iseo la Bella (como los habitantes de la Bretaña llamaban a la reina de Cornualles). Tristán, dándose cuenta de que moriría a menos que viniera la misma Iseo, dió un mensaje a Gorvenal para que éste lo llevara a Cornualles: “Di a los hombres de Cornualles que muero por una herida envenenada y que sólo la reina Iseo puede salvarme. Vete en mi nave y si vuelves con Iseo iza la vela blanca, pero si ella no acepta venir iza la vela negra”. Iseo la de las Blancas Manos oyó el mensaje y comprendió por fin en quién estaba puesto el corazón de su esposo.
Pasaron varios días y Tristán se devilitaba cada vez más y se acercaba al umbral del mundo inferior; de repente, oyó a los vigías del castillo del rey Hoel, que habían visto una nave. “¿De qué color es la vela?”, preguntó a su esposa. Iseo la de las Blancas Manos sintió los celos que la ahogaban y respondió: “Es negra, mi señor”. El corazón de Tristán estalló en el mismo momento en que Iseo la Bella y el rey Marcos entraban corriendo en su aposento. Iseo permaneció de pie junto a su amante muerto y, volviendo a oír los sonidos del arpa en su memoria, cantó:

” El sol brilla, claro y nítido,
y oigo el dulce canto de las aves,
junto a mí gorjean entre los arbustos
y sus melodías son nuevas.

Veo la muerte que viene a mí
y canto un poema que llegará
al corazón y conmoverá a los amantes,
porque es el amor quién me hace desear la muerte.

Tristán, amigo, amigo, amigo
este es el corazón que confié a tu amor;
ya no hay otro lugar para él,
y ahora morirá por tu espada.

Tristán, amigo, amigo, amigo
aunque los dioses desprecien mi deseo
mi alma habitará en tu espíritu,
en la patria de los bendecidos
o en el Mundo Inferior”.

Cayendo sobre la espada de Tristán, Iseo le siguió al Mundo Inferior, y así los amantes volvieron, unidos en la muerte, al castillo del rey Marcos en Tintagel. Fueron enterrados en dos túmulos, uno junto al otro, y sobre las tumbas dos árboles crecieron entrelazando sus ramas..

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